Como director y fundador de la Colegiata Marsilio Ficino y de la revista Symbolos y su anillo telemático, quiero presentar este nuestro blog oficial de la Colegiata, que esperamos sea ágil y dinámico pese a la profundidad del pensamiento que le es inherente. Lo hacemos también con el Teatro de la Memoria, una nueva manera de percibir lo ilusorio y la ficción que uno puede vivir trabajando en el laboratorio de su alma e intelecto, lo cual es una novedad ya presentida en el tratamiento de la cosmovisión y su representación teatral. Por lo que deseo a esta forma de expresión del Arte –que sin embargo tiene precedentes ilustres– la mejor de las andaduras y el mayor éxito.
Federico González

sábado, 23 de julio de 2011

Historia Sagrada II

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NOCHE DE BRUJAS
(Federico González, Noche de Brujas. Auto sacramental en dos actos. Introducción de Francisco Ariza. Symbolos, Barcelona, 2007).

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Prólogo
Ubicarnos en el Mediodía francés o en el norte de España en la época Inquisitorial, donde existió no sólo una persecución contra las llamadas brujas sino también, e indistintamente, contra magos, alquimistas, cabalistas, médicos, astrólogos y por qué no decirlo: los verdaderos sabios, que conocían perfectamente bien en que se sustenta la magia y la teúrgia. La obra se ubica en esa época histórica, pero hemos de decir que es perfectamente actual pues la confusión y la estupidez que rigen el pensamiento del hombre moderno, ignorante de su origen divino, su verdadera identidad y todo lo que la fundamenta, embrutecido por lo material, y poseído por la hipocresía, la doble moral, la degradación y la maldad, no está lejos de aquellos inquisidores que condenaban todo lo que no entendían y que identificaban con el mal, valiéndose de acusaciones tales como que se atentaba contra los dogmas de la Iglesia, cosa que les producía terror.
Esta es una obra que ejemplifica, en los dos actos, las dos fases del viaje iniciático, descendente y ascendente, que recorre el iniciado por el plano intermediario del alma hacia su deificación, o sea, a la identificación con su naturaleza superior. Pero no siempre el iniciado se ve a sí mismo fácilmente. Es necesario que alguien le sirva de espejo. Por lo que sumergidos en el pozo del horror no nos queda más que asumir plenamente la muerte a toda esa estructura falsa, enquistada en la psiqué -nuestras creencias-, y comprender que “saber morir” -desprenderse continuamente de todo y vivir permanentemente un estado virginal- es la operación alquímica (la aceptación consciente de la muerte) que hará posible transmutar cualitativamente nuestra naturaleza inferior en la superior.
Citaremos textualmente toda la obra y dejaremos que las voces articuladas entre el Diablo y las Brujas hablen por si mismas y marquen el ritmo y la metría, las pausas, los tonos y timbres que van penetrando el alma del auditor, ya que su poder evocador e iniciático, donde alquimia y teúrgia se funden en un sólo acontecer, es de tal resonancia y profundidad que no hay nada que añadir ni explicar, pues lo dicen todo. Además, omitir alguna parte sería interrumpir de alguna manera la ceremonia, el rito mágico de todo lo que este acto de fecundación simboliza. Aclarar también que con respecto al Diablo y a las Brujas no se deben hacer asociaciones personales de ninguna especie -Hermes no tiene rostro, ni es propiedad de nadie-, ya que esta es una ceremonia prototípica donde se conjuga cielo y tierra, y los personajes son entidades universales. Por otra parte, también pensamos que siendo este el último número de la revista SYMBOLOS no podemos dejar de publicar esta obra que constituye parte integral de la enseñanza impartida por Federico a viva voz, o sea a través de su palabra hablada.
Nos dice Francisco Ariza en su introducción a este canto compartido:



El verdadero secreto de la operación alquímica e iniciática consiste en “saber morir”, o sea no como un simple acto irreflexivo y desesperado, sino como una asunción plena y consciente de que la muerte nos da la “clave” para la transmutación cualitativa de la naturaleza inferior en la superior. Se comprende entonces la utilización por parte del Diablo y las Brujas de un lenguaje particularmente corrosivo. El Diablo, como gran hierofante iniciador, asume la función de disolver todo aquello que nos condiciona, empezando por esa superestructura mental que creemos es nuestra identidad y que sin embargo se nos revela como una total ilusión. Si destruimos aquello que representa nuestra mayor seguridad ¿qué nos queda? Esa inmersión en el caos alquímico, ese “regreso al útero” de la Diosa, o como se dice en la obra “a las regiones siempre vírgenes e inexploradas”, es el comienzo del nuevo nacimiento; de la coagulación, después de la disolución, en un modo de ser superior y trascendente. Curiosamente esta operación se realiza a través del propio deseo que antes del nacimiento físico nos provocó la tentación de existir. Y ese deseo, esa pasión, es el Diablo, que de esta forma se convierte en el principio o yo que se sitúa inmediatamente por encima del ego personal e individual.
Así pues, el Diablo, devuelto a su función sagrada, es el “genio” o “doble” (el yo vigilante) de la conciencia. Pero, como se señala nuevamente en la obra, “...cuando la pasión ya no puede con la pasión y nos sume en el caos completo (...) sumergiéndonos una vez más en la ignorancia... ¡Es cuando surge Amor...! encarnándose en nosotras, y volviendo a unir de otra manera lo que pasión desató”. El Amor de que se trata no es otro que Venus Urania, la Diosa de la concordia y protectora asimismo de las artes y ciencias sagradas; se trata de la transposición celeste de las potencias telúricas encerradas en el interior del alma humana, las que encarnan a su vez a la Venus Pandemos, al reflejo invertido de aquélla.




Y en nota:




Los genios o demonios terrestres son ambivalentes; tanto pueden constituir una ayuda como un obstáculo en el camino del conocimiento. Ellos representan fuerzas elementales (presentes por igual en la naturaleza y el hombre), a las que hay que saber ordenar mediante un trabajo intenso sobre uno mismo.
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A la obra en sí le preceden dos notas al texto del autor que enunciamos literalmente aquí:
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I. Pese a que esta obra tiene dos actos, lo ideal es representarla de una sola vez, sin telón entre ellos, y apenas en un entreacto de oscuridad, el que se aprovechará para cambiar elementos de la escenografía.
II. Es importante destacar que el vestuario de las brujas y el demonio aparenta ser fastuoso aunque esté compuesto de apenas unos pocos elementos bien armonizados, lo mismo que la escenografía, que ha de representar un claro en la fronda lujosa. El motivo escenográfico central, que marca los ritmos coreográficos y de puesta en escena -al igual que el diálogo y la estructura general de la obra-, es el fuego. Y éste aparecerá cálido y dorado, enjoyando toda la ceremonia. Igualmente los personajes han de ser jóvenes, ágiles y bellos, o al menos así aparentarlo en la escena. No hay chamán, o mago pobre, aunque nada tenga. Ni brujas que cumplan con los requisitos y las aspiraciones de la clase media.
Otro si: Es conveniente aclarar que la obra está concebida como un espectáculo total donde la música, las canciones, las entonaciones de la voz, las pausas y los gestos adquieren un carácter ritual.
Siendo el fuego, como hemos dicho, el protagonista central, tanto la medialuz que producen sus llamas como el humo deliciosamente aromático y su brumosa apariencia cumplen una función primordial en el desarrollo de esta pieza y en su puesta en escena.

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La magia de la vida es una representación perenne y un acto teúrgico permanente.
Atravesado por el eje del mundo hasta su límite, desde allí, invocando a los dioses celestes, terrestres e inframundanos el iniciado empieza su sacrifico. De la mano del autor descendamos a los infiernos y visitemos las entrañas de la tierra y las profundas y oscuras aguas de la psiqué.
Tocados en las fibras más íntimas por la fuerza de las imágenes que transmiten las palabras arrobadoras contenidas en esta obra -el don de la Palabra-, aparece Lucifer, despertador de la energía sexual-espiritual, el deseo y la pasión producidos por el fuego interno. La atracción, Eros, que generó todos los universos desde el seno del Caos.
Y a continuación el Diablo nos invita a oír su pensamiento y ver a través de sus acciones. Continúa la disolución con la espada de la Palabra, y arrecia la resonancia de su Voz. Desde estas combustiones producidas por el azufre, se invocan a los dioses atmosféricos y los dioses terrestres.
“El andrógino: el ambidextro...” promulga la putrefacción, la disolución, y la coagulación, operaciones alquímicas sin las cuales no hay posible ascenso. Y empieza el conjuro; y vivenciado el derrumbe de todo, en profundo silencio, nos disolvemos en la nada.
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Introducción a la Obra
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(Telón abre a decorado de bosque nocturno).



Se encuentran en un sendero un Forastero -que se halla perdido pues hace rato no vive en su tierra- y un Peregrino llevando ambos antorchas en las manos, y éste le pregunta:


¿Qué buscáis?
Y el Forastero responde:



¿Acaso lo mismo que vos?
Y agrega:


¿No es por ventura hoy el día del solsticio, cuando el sol parece detenerse y la naturaleza entera sobrecargada por la plenitud del verano estalla en sus noches henchidas y olorosas?


Luego de ponerle al tanto de lo mala que se encuentra la situación en su nación, donde todos los valores han sido usurpados, sus tradiciones aplastadas, profanados sus bosques y grutas y destruidas sus creencias por los falsos “señores”, el Peregrino le dice que no todos han caído en el olvido, y que “aún se mantienen los del lugar, el Señor de Mont-Real y sus dos hermanos, uno clérigo y otro sabio y alquimista y todos conocedores de los secretos de la ciencia y las tradiciones de sus antepasados”, pero que yacen “aislados, sitiados en las montañas”, aunque desde allí “protegen sus antiguas costumbres y a nuestro pueblo, odiados por la Iglesia y los señores, los que ahora controlan todo el valle”.
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(En este momento se encuentran con una caravana de hombres, mujeres y niños, de diversa condición, los que en medio de bellos cantos se dirigen en forma ordenada al Sabath). (Se instalan, llevando sus antorchas, en círculo. Aparecen cuatro mujeres -las brujas-, que transportan un poste sacrificial que colocan en el centro del escenario, sentándose enrededor. Los asistentes forman un círculo más grande, rodeándolas). (Las brujas comienzan a hacer algunos gestos, lentamente van ordenando sus elementos alrededor del eje, sacan unas copas de unos bultos, consagran y bendicen sus pócimas y ungüentos y se sirven y se untan ostentosamente. Prenden el fuego central dos de ellas y gesticulan entre sí).


Lucrecia Herrera


(Continuará)

lunes, 11 de julio de 2011

Historia Sagrada I


La Colegiata reemprende sus trabajos con vistas a un nuevo montaje de la obra de Federico González con la que hace cuatro años inició su singladura: “Noche de Brujas”. Se trata de un mismo fuego pero de un montaje y una representación distintos, nuevos.

Instalados pues en aquella encrucijada detenida y ardiente, desde donde nuestras pequeñas pretensiones ignorantes son fulminadas, tenemos el gusto de publicar en sucesivas entradas, el texto que Lucrecia Herrera escribió entonces con el título de “Historia Sagrada” para la revista SYMBOLOS 31-32.


Preámbulo
Cantar, cantar, cantar quiero a la vida, al Conocimiento de la Sabiduría de Aquel que es Innombrable, que Es Nada y Todo; el Vacío Absoluto, de donde penden las estrellas y que alberga el principio de la Luz y el Sonido Increados, Origen de toda Posibilidad de Ser y No Ser. A su Inteligencia, que hace audible la Palabra, inteligible, comprensible.
Y dijo la Virgen al ángel Gabriel tras la Anunciación:

"Hágase en mi según tu palabra". (Evangelio según San Lucas, I, 38)

¿Quién soy? ¿De dónde he venido? ¿Cuál es mi origen? ¿Qué sonido, qué música, qué ritmo, qué pausas, tiempos, medidas y proporciones marcan mi destino? ¿Lo he olvidado todo? ¿Quién? Preguntas que no deja de hacerse este ser, inmerso en la corriente vertiginosa del devenir.
No cabe la menor duda que la verdadera historia empieza aquí cuando se pregunta ¿quién? Verdadero misterio es la realidad sagrada, significativa, de la que se ha tomado conciencia por el poder de la Palabra, espermática y fecundadora que hace posible la Iniciación en los Misterios del ser, ocultos a la mirada y los quehaceres profanos, pero más que verdadera, porque toda esta historia acontece en lo más íntimo y profundo del alma, en el corazón de aquellos que escuchando un lenguaje articulado en distintos tonos y claves se abren, totalmente, a recibir en la soledad de su casa la “buena nueva”.
Esta historia viva es análoga a las historias míticas de nuestros antepasados, los dioses, o sea, a la manifestación de todos los atributos y estados del Ser Universal, Unico, que oculto en la total Oscuridad se concentra en un punto luminoso, poniéndole límite a su propia oscuridad, y por su Voluntad vierte su Luz en un eje descendente (y ascendente) que se proyecta en un Orden horizontal como dual, masculino y femenino, activo y receptivo, hombre y mujer, tri-unitario, ya que la oposición se conjuga permanentemente en la Unidad que así se manifiesta para conocerse, y se despliega en cuatro planos, mundos o elementos que combinados entre sí producen todas las posibilidades de Ser.
Esto mismo le sucede al iniciado, que haciéndose cargo de su verdadero destino se quita las vendas de los ojos, y con Amor y fe, asumiendo su origen divino, se entrega a la experiencia maravillosa de un viaje a otro mundo, ascendente y profundo, donde descubre que él mismo es todo -que en él mismo está todo-, pero no sin antes experimentar las muertes, las disoluciones que permitirán las coagulaciones a estados más sutiles del alma; del error y la ignorancia, al conocimiento de sí mismo oculto y misterioso, vivencia que no está exenta de los dolores propios del autosacrificio (sacrificio = hacer sagrado).
Descubierto el horror y la maldad, no queda más que descuartizarse, dejar que los restos se pudran y sean abono para la tierra y encender el fuego que convertirá en ceniza aquella putrefacción de la que re-nacerá a un orden arquetípico, a lo verdadero y eterno.
Invocando a la deidad, a Mnemosine, diosa Memoria, que canta el recuerdo del Origen audible en el corazón y concentrándose en un punto de luz el iniciado se abre a ser fecundado por sus antepasados y guiado por Hermes sin cuya transmisión nada le es posible, dios revelador e intérprete, conductor a las profundidades de la tierra -y fuera de ella-, salvador providencial después de las pruebas de la muerte a la individualidad y a todo lo que lo ata al hombre viejo, que estúpidamente se aferra a una identidad heredada de sus padres terrestres. Guía por los senderos luminosos y oscuros, desde la nada, el anonimato, a través del laberinto de las formaciones, aguas turbulentas y peligrosas, donde siempre nos aguarda y conduce, al borde del abismo, pero con inmenso amor, hasta encontrar nuestro centro, representado por el eje de su caduceo, alrededor del cual se entrelazan las dos serpientes, símbolo de las energías descendente-ascendente, y desde donde emprenderá el viaje vertical encarnando el mito hacia la unión indisoluble con su creador siendo Uno con El.
Despertador e iniciador a otros mundos y maneras de ser y percibir la realidad; a un mundo mágico, donde de pronto, en un momento de abandono, nos percatamos que somos encarnaciones de otras entidades sutiles y misteriosas que están vivas, a las que llamamos faunos, ninfas, musas, dioses y demonios, produciendo cópulas, uniones, raptos, y también rechazos, guerras y desarmonías a semejanza de las que se rememoran en las historias míticas de todos los tiempos.
Para que esto sea posible hay que darle vuelta a la rueda y recorrerla toda, esto es, ascender “contra corriente” por los ciclos en ella contenidos, de manera espiral. Enrollar todo lo que la manifestación desenrolló en su descenso a la materialización, o sea, volverse al Origen, por un recorrido retrógrado, pausado y lento, pero constante, por cada mundo y plano devolviendo los seres y las cosas a su Origen perfecto.
Y advertimos que no hay otro, es Uno Solo -visible e invisible, manifestado y no manifestado, materia y espíritu, aparente y no aparente-, y en el centro la conciencia de ambos en el siempre presente donde no pasa nada más que la contemplación de ese hecho indescriptible.
No hay otro destino posible, si de allá venimos y allí vamos. Lo que pasa es que no nos percatamos de esto porque no sabemos nada, sumergidos como estamos los seres en esta época oscurísima -no la Oscuridad “más que luminosa” de donde proviene toda Belleza y Verdad- del fin de los tiempos, de una humanidad que se desmorona a cada instante.
¿De qué manera sería sino a través de la muerte y el agotamiento de las posibilidades de ser, o sea su límite, para que el verdadero destino se cumpla y así ser absorbidos en nuestro origen para nuevamente recrear el Orden pero en otro ciclo, en otro plano?
Estamos inmersos en el ser del tiempo, que es siempre presente, no existiendo pasado y futuro pues son lo mismo, pero que a su vez al manifestarse lo hace poniendo en movimiento la rueda de la vida y la muerte y la resurrección.
Todo es eterno. No pasa nada y a la vez todo pasa. Todo es en la quietud del siempre presente y eterno. Una constante alabanza al Ser en el Ser mismo. El movimiento de los ciclos celestes y terrestres engranados unos en otros, el día y la noche, vida y muerte, comienzo y fin, no hace sino reproducir o manifestar, a su vez, al Ser Universal.
La naturaleza entera está en perenne alabanza a Dios porque es El mismo, su Inmanencia. Es todos los seres y no hay nada más que El; nada está fuera del Gran Misterio, pues en el Silencio y la Oscuridad del No Ser, en el Caos primordial, están contenidas todas la posibilidades de Ser y también aquellas que nunca serán, e igualmente todo lo que es por su emanación, hacia El retorna, pues no es más que su propio reflejo.
Sólo el hombre en su olvido y distracción no se percata de ello, pero tiene la posibilidad de recordarlo y vivenciarlo, siempre que pare la rueda del tiempo lineal y se aquiete, dando lugar a un espacio vacío donde aflore esa conciencia de unidad en lo que Es y No Es a la vez.

..........................................................................Lucrecia Herrera


..................................................................................(continuará)

viernes, 10 de junio de 2011

Crónica de “En el Tren”

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Hace un año que Federico González nos presentó el libreto de “En el Tren”, y desde entonces que La Colegiata no ha parado de laborar con este extraordinario texto. Desde el primer ensayo su lenguaje ha venido a cumplir su cometido: que cada uno de nosotros realizara el viaje, no tanto horizontal (tras muchos vaivenes no parece que el tren pasara de Guadalajara) como vertical. Tras la primera frase en que se nos propone jugar a la confusión de lenguas, y cada uno desde su banco, nos disponemos a compartir un espacio del pensamiento cuya calidad de repente, pero paulatinamente, se amplia y concentra. Colgados del lenguaje nos dejamos llevar por aquella aparente confusión que inmediatamente se revelará impulsora del único espectáculo: se confirmará que “lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para que se obren los milagros de una sola cosa”, sin salir del centro inmutable ascenderemos y descenderemos sin tregua, de lo prosaico a lo sublime, de lo escatológico al enamoramiento de la Nada.
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Pero para extraer todas las posibilidades de esta partitura será necesario templar la caja de resonancia, y las mismas manos que la crearon tensarán los resortes para que llegue a emitir la vibración precisa. Para que el mensaje reverbere limpio a través de la voz de La Colegiata, se adecuará el tono y se acompasará el ritmo. Se conjugará la interioridad con la intensidad, el ardor y la contención, levedad y aplomo: el secreto de una alquimia fuerte y eficaz permanece en el corazón de cada uno de nosotros.

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Y llega el momento del estreno. Entre bambalinas una luz dorada rompe la oscuridad precósmica y alumbra un escenario, un vagón de tren; los alegres compases de The Trolley Song nos empujan decididos a nuestros asientos. Asistimos de nuevo a la construcción a través del lenguaje, cada límite, cada coagulación de un significado nos lanza a otro ámbito ya no paralelo sino superior, o directamente a lo ilimitado.

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Pero esta vez más que nunca estamos caminando en el puro precipicio, al borde del foso, sintiendo el pálpito de un público invisible pero muy presente. Los mundos se engarzan, la poesía nos traspasa y me doy cuenta de que hoy el entramado de los parlamentos y las réplicas se muestra bien distinto, en otro orden. No sé exactamente donde estoy pero no importa, como organismo vivo “En el Tren” sigue sin demora su trayecto. Hasta que de repente y ante la seria mirada de mi interlocutora el blanco ocupa por completo mi cabeza. Más que una escisión que me conecta con el eterno presente experimento su imagen invertida, una suerte de perpetua parálisis me atenaza. Algo en mi se ahoga y exhala: invoco a las Musas (las que en estas circunstancias suelen tomar prestada la voz del apuntador) y soy atendido. Prosigue vigoroso el orden anárquico y tras desenmascarar a la ignorancia, y ser arrinconada, neutralizada por la indiferencia, el vagón sublima su fulgor, las notas agudizan su nitidez. La presencia de Eros y Venus sobre el escenario se intuye en la geometría que dibuja el inestable equilibrio entre todos los personajes, los actores, los cuales ya han realizado que la belleza está en todo y también en cada parte, en “la vara desmedida de esperanza” que somos, y en “el color del ave empalidecido por el deceso”.

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Y esta certeza les seguirá impregnando días después de la representación, después del golpe fortissimo de platillos. Al llevar la belleza puesta, seguirán viéndola en cada rincón, ya nada es banal ni absurdo ni tampoco sórdido, cada parte es el todo, cada ángulo realiza la tensión indispensable a la armonía del conjunto, cada aspecto al no estar separado de aquello que lo genera, reproduce ya sea por presencia o ausencia, en positivo o en negativo, a la Unidad. “De la que nada ni nadie queda excluido”.


Antoni Guri
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viernes, 3 de junio de 2011

Poco antes del estreno de

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EN EL TREN

Escrita y dirigida por Federico González


Interpretada por La Colegiata


Cotxeres Borrell (C/Viladomat 2-8, Barcelona)


Domingo, 5 de junio de 2011 a las 19h


Nos llega este texto de M. Victoria Espín que publicamos sin demora:


El Teatro, es un arte vinculado especialmente a dos de las nueve musas: Melpómene, a la que se relaciona con la Tragedia y Thalía, ligada a la Comedia. Sobre la primera, leemos en Introducción a la Ciencia Sagrada: “la que canta ‘lo que merece ser cantado’, representada con la máscara trágica y la maza de Hércules”. Acerca de la segunda: ’la que trae flores, o ‘la que florece’, nombre también de una de las tres gracias, representada con la máscara de la comedia y el bastón de pastor.” La representación teatral, símbolo por excelencia de la vida del hombre, en el viaje iniciático puede ser perfectamente vehículo, como por otro lado todo arte lo es, para el Conocimiento.
Sumergido el actor en la obra, actúa unos papeles de los que participa, y esa actuación puede ser verdaderamente la actualización de tendencias que porta en sí, por tanto, la posibilidad de agotarlas y liberarse de ellas; cayendo esos egos como lo hacen los dos personajes del arcano del Tarot Nº XVI “La Torre de destrucción” o “Casa de Dios”, que representa el athanor donde se lleva a cabo la obra. Dicho de otro modo, el actor encarna un personaje que le ayuda a transmutar el suyo propio que lo contiene, con lo cual podrá florecer el niño alquímico, el niño divino que tiene a su disposición un elenco de actores y papeles en número indefinido.

“La iniciación en los misterios cosmogónicos, es decir, el morir y renacer a otros planos de la realidad mediante la regeneración psíquica, no es aún la salida verdadera del cosmos, sino que se trata de un aprendizaje imprescindible sobre su constitución, sobre el "espíritu" de las cosas y su aprehensión. Un andamiaje que nos permite concebir la posibilidad de lo supracósmico, del no ser y de la no dualidad, realidades que exceden la mera individualidad que signa nuestras experiencias sensoriales o mentales, en tanto que las particulariza. Aunque es útil señalar que –lógicamente– cuando se empieza apenas a atisbar la posibilidad de lo supraindividual, todo lo referido a lo personal cae tan estruendosamente como una torre que es destruida por un rayo, dejando así de ser la protagonista del paisaje.”
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Una compañía de teatro, como la Colegiata, puede dar cabida perfectamente al mundo entero, o lo que es lo mismo convertirse o devenir para sus miembros en plataforma de universalización o cosmización. Autor, director, actores, apuntador, iluminación, vestuario, producción, todos a una ponen en marcha la función. En este caso “En el Tren”.
La puesta en escena de esta obra recuerda las tres columnas del Arbol de la Vida, símbolo del microcosmos, que nos muestra cuál es la estructura de éste y su ser. Esta flor fragante, el microcosmos, bella, luminosa, espléndida, suave y con muchas espinas, sufre la presión continua de la programación mental con que cada uno ha sido sellado. Según la cual vamos fabricando un film que desfila casi de continuo en nuestra imaginación y pensamientos, los que sumándose a esa película discuten, planean, rechazan o buscan cualquier cosa en esa cinta del tiempo en que el ser está atrapado. “Es un sueño la vida, es sueño”, “no es verdad, no es verdad, que venimos a vivir en la tierra…” O como dice la pieza que estamos reseñando “Somos una pompa de jabón entre pompas y pompas de jabón y todo es una pompa de jabón”.
“En el Tren” nos habla de un viaje prototípico, aquel que emprende el hombre en busca del Paraíso perdido, de la Tierra Prometida, del Sí Mismo. Presenta a un grupo de estudiantes “particulares”, a unos buscadores de otros mundos más internos, más secretos y por cierto más reales. Van conversando, y la plática transcurre con sus altos y bajos, con la participación más o menos intensa de los pasajeros del vagón número seis. el vagón de la Belleza, de la Amistad grupal.
El viajero de este tren, para comenzar ha de automarginarse del mundo chato y horizontal de la literalidad, constatar que lo que el hombre considera su identidad no es sino un disfraz, una máscara con la que representa un papel, o varios, en el teatro de la vida; hasta poder decir con uno de estos viajeros “Mejor ser nada que nunca jamás”. Siguen las reflexiones en torno al tema de la mal entendida igualdad, esa que nos hace pobres a todos, pues ya se sabe que la que persigue el mundo moderno sólo es posible por lo bajo. Otro pregunta si el viaje es de ida o de vuelta, alguien le contesta que es de ida y vuelta simultáneas, y que “la función comienza cuando usted llega”, “que la creación perennemente se está haciendo y siempre es”. De modo análogo al recorrido que están realizando estos actores del teatro de la Memoria que saben que el viaje es hacia el interior, “puesto que se trata de la intimidad del corazón, de nuestra alma”.
“Y aunque las cosas toman permanentemente formas cambiantes indican siempre la pertenencia a un mundo que les excede”. La manifestación se despliega en tres niveles sucesivos y cada uno de ellos tiene su origen en el anterior, y el primero de ellos, y con él todos los demás, en lo No manifestado.
Detienen nuestros personajes sus meditaciones y conocemos sus nombres: Alce Negro, Toro Sentado, Plata Pulida, Perro de Humo, Acto Fallido, Verde Esmeralda, entre otros. Prosiguen las reflexiones sobre el viaje y su simbólica. “Este es el quiebre de todos los paraísos infantiles que creíamos lo más cercano a la felicidad, a lo que imaginábamos como nuestra identidad”. “Es una cruda, comerse el steak tartar de los sueños de uno mismo, de todas sus proyecciones quebradas en mil pedazos, deshecho todo su juego de sombras… (silencio) y luces, falsas iluminaciones que proyectaban estos ideales muertos.”
No todos muestran la misma compresión del viaje y los diálogos ascienden y descienden, se perciben ritmos diferentes y la conversación toca distintos planos llevando al espectador a un baile consigo mismo que es reflejo o mejor el eco, que encuentran en él las voces de los actores que encarnando sus papeles son la voz de la Enseñanza unánime y primordial, que esta obra de teatro sintetiza en un lenguaje directo y actual para facilitar la comprensión del espectador. Federico González, siempre nos sorprende con nuevas formas de expresar el Mensaje para proseguir la labor de Enseñanza. Como se dice en la obra: “El anillo se debe mantener flexible y no solidificarse”.
En este viaje en lo invisible hacia “la frontera del silencio, del misterio” se trata de efectuar los ritos, de “manejarse entre un bosque de símbolos vivos y actuantes.” Para lo que hay que estar “loco de amor y de un frío desapego” y siempre recordar que “El encuentro con algo bueno y verdadero se lo hemos de agradecer al dios Hermes”.
Se dice que el viaje iniciático es heroico, pero ya se sabe que el héroe y el traidor son un mismo personaje y ambos han de actualizarse en uno para complementarse y neutralizarse. Uno de los actores representa al traidor, personaje que todos llevamos dentro, que intenta infiltrar la duda y sembrar la cizaña dentro del grupo; es aquel que no ve sentido a la Enseñanza porque, por lo que fuere, no es capaz de reconocerla. El amor por lo más alto une a estos viajeros que saben que tienen un proyecto en común, que el “lugar” al que se dirigen no es un lugar.
Las averías y detenciones están incluidas dando lugar a diversas reacciones que plasman los temores y deseos de los participantes. Y siguen los actores instruyendo al espectador: Minnie, habla de los innumerables peligros del mundo moderno; Mecha, afirma que somos pasajeros en tránsito; Enrique: “aquí estamos para ser nosotros mismos”; Marta: “De una cosa estoy segura, de que los últimos de este convoy seremos los primeros”. Desenganchados del hombre viejo, de lo profano, nos unimos a la Vida, aprendiendo a leer el verdadero sentido de las cosas, desentrañando el mensaje de los símbolos. “Debemos superar la queja y resolver cualquier circunstancia en la forma y modo bajo los que estas se presenten”. “Este es un mundo inacabado de gestos, de voces, de colores, de formas en permanente movimiento, que se fijan perennemente por su descripción, o sea, por las perpetuas evaluaciones que de ellas hacemos, como si fueran un bosque de sonidos que intentamos inventariar y detallar; en fin, una niebla de sueños que están en el tuétano de nuestras creencias, o sea, que conforman nuestra materia.”
Nuestro destino es el origen, “puros y sin contaminarse regresamos a nuestros verdaderos hogares. Una vara desmedida de esperanza es lo que somos. Un retorno al palacio de la sabiduría, aquello que es imposible de contar, de medir o de pesar.”
La creación no puede ser sin un origen y “necesariamente se ha de volver a ese origen virtual para desembarazarnos de la circunferencia.” “Dios me acaba de hablar y le he contestado con toda devoción: ‘Yo soy tú’”.
El Teatro nos brinda la posibilidad de despertar.



M. Victoria Espín


[1] Federico González, La Rueda, una imagen simbólica del Cosmos. Ed. Symbolos. pág. 202.

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martes, 24 de mayo de 2011

Estreno de "En el Tren"

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. Teatro de la Memoria presenta

EN EL TREN
Escrita y dirigida por Federico González Frías
Interpretada por La Colegiata

Cotxeres Borrell (C/ Viladomat 2-8, Barcelona)
Domingo, 5 de junio de 2011 a las 19h

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En esta obra se sintetizan el simbolismo del viaje y el del athanor alquímico, los que nos hablan de un mismo proceso: de una transformación. Una serie de personajes encerrados en un vagón de tren hacia un misterioso destino, los cuales al final de la obra, del viaje, no serán los mismos. Sus diálogos se entrecruzan con dinamismo y frescura recreando una situación -un tiempo y un espacio distintos- dónde las cosas son lo que aparentan y simultáneamente no lo son. Los parlamentos, réplicas, silencios y contrarréplicas se suceden como en una partitura orquestal, cuya plasticidad y audacia va conformando un tejido en el que las ideas se conectan estimulándose entre ellas, y donde se conjuga lo aparentemente incomprensible y su contrario.
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En unos tiempos en que la indignación parece ser un valor por ella misma, el mensaje de “En el Tren” recupera una dignidad casi perdida, la dignidad de aquellos que enfrentándose a su propio misterio, apuestan por desprenderse de falsas seguridades y abismarse en lo ilimitado, el Conocimiento.
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Las localidades estarán a la venta en Cotxeres Borrell a su precio nominal (10€) el mismo día del espectáculo desde una hora antes del inicio de éste. También puede adquirirlas anticipadamente en el portal de internet Atrapalo con un 30% de descuento: http://www.atrapalo.com:80/entradas/en-el-tren_e45455/


Esperamos contar con su compañía.
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domingo, 17 de abril de 2011

Sant Jordi 2011

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.Como cada año le invitamos a visitar el stand que La Colegiata y el Centro de Estudios de Simbología tendrán abierto en el Paseo de Gràcia de Barcelona (entre las calles Consell de Cent y Diputació, junto al hotel Mandarín Oriental) el próximo sábado día 23 de abril, festividad de Sant Jordi, donde podrá encontrar también estas dos primicias que nos complace anunciarle:


- El volumen “Tres teatro tres”, trilogía de textos teatrales de Federico González Frías integrada por los libretos de sus obras “El Tesoro de Valls”, “En el tren” y “Lunas Indefinidas”, del que damos cuenta en la anterior entrada de este blog.


- La edición en DVD de la filmación del estreno de “El Tesoro de Valls”, interpretado por La Colegiata (teatro Cotxeres Borrell de Barcelona, julio de 2010).


Si en su paseo tienen oportunidad de visitarnos, estaremos encantados de atenderles.


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domingo, 3 de abril de 2011

Tres Teatro Tres

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Tenemos la alegría de anunciarles la publicación por la Editorial Libros del Innombrable del volumen “Tres Teatro Tres”, que incluye tres piezas dramáticas de Federico González Frías: El Tesoro de Valls, En el tren y Lunas indefinidas.

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A continuación reproducimos unos fragmentos del prólogo de la mano de su editor Raúl Herrero:

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La dramaturgia de Federico González Frías: en el ojo (ombligo) del huracán

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El primer encuentro de un servidor con la obra dramática de Federico González Frías aconteció en el estreno de Noche de brujas, excelente obra dramática que recomiendo al lector de teatro avezado. En esta pieza ya destacaban dos elementos: su estructura ceremonial (que la emparenta con la tradición del teatro-ópera primigenio en tierras egipcias, tanto como con el de Arrabal y el movimiento Pánico) y la doble dirección del contenido, puesto que éste se articula con valor tanto para el actor como para el espectador. El mismo Federico ha mencionado en entrevistas y en conversaciones particulares que su obra dramática somete a los actores a una catarsis, a un despertar, que, a su vez, con la pieza en escena se traslada al espectador.

(...)

Nos resulta reseñable la vinculación que se establece en la propuesta de Federico González Frías con el psicodrama y la forma ritual del teatro Pánico, movimiento creado en 1963 en París por Arrabal, Topor y Jodorowsky. Baste con citar el título de una de las piezas insignia de este movimiento: El gran ceremonial de Fernando Arrabal para señalar los vasos comunicantes entre la que podríamos denominar como poética del sentido teatral de Federico y el movimiento Pánico. Arrabal en su Primer Manifiesto Pánico titulado «El hombre Pánico», ofrecido como conferencia en la Universidad de Sidney (Australia) en agosto de 1963, señala:


…el soporte de la memoria es el soporte de la vida. La vida es la memoria…

Por otra parte Jodorowsky en su artículo «Hacia el efímero pánico» de octubre de 1965 señala:

. Al aceptar su carácter efímero, el teatro dará con aquello que lo distingue de las otras artes y, con ello, con su esencia. Las otras artes dejan páginas escritas, grabaciones, lienzos pintados, volúmenes, objetos-huellas que, con el tiempo, acabarán por borrarse, aunque en un proceso muy lento. El teatro, por el contrario, no sobrevivirá ni un solo día. Debe morir a medida que nace. Las únicas huellas que podrá dejar quedarán grabadas en el ser humano y se manifestarán por un cambio psicológico. Si la finalidad de las otras artes es la de crear obras, la del Teatro será la de cambiar directamente al hombre: el Teatro no es un Arte sino una Ciencia de la Vida.

. Tenemos por un lado la Memoria y, por otro, el teatro como Ciencia de la Vida.

El teatro de la memoria, del que La idea del teatro de Giulio Camillo es una buena muestra teórica, se encuentra en las entrañas de este afán por comprender y mostrar el teatro.

A menudo los críticos han denominado este teatro con el adjetivo de «absurdo». Sin embargo, sabemos que tanto Arrabal, como Adamov, Ionesco y Beckett se desentendieron de tal calificativo. Incluso, al señalar su deuda con Antonin Artaud llegaron a denominarlo «teatro de la crueldad».

Sin duda, ante las tablas se ejemplifica en muchas de las obras de los autores mencionados, al igual que ocurre con la de Federico González Frías, la desintegración de las verdades de la modernidad: la simiente positivista, las costumbres llamadas burguesas o los valores fútiles propios de un mundo que sólo brinda por lo utilitario y la oscuridad de todo Arte con mayúsculas. Cuando se evidencia la estulticia de tales comportamientos puede caerse en la trampa de ver algo absurdo donde en verdad se muestra al Emperador desnudo del cuento, sin los ropajes sobre los que se construye una sociedad precaria en Verdad.

Lo absurdo, por tanto, no se encuentra sobre las tablas, sino en la cotidianidad. Como André Breton refirió en su Primer Manifiesto Surrealista: «…es preciso practicar la descretinización…». Y también de este deseo participa la obra dramática de Federico, como lo hicieron los pánicos, los dramaturgos ya mencionados y otros como Francisco Nieva, Antonio Fernández Molina o, el injustamente olvidado en España, Jean Tardieu. O, como me señala mi amigo Pedro Abío, también Peter Brook.

En conclusión, la obra dramática de Federico González Frías se desarrolla en dos direcciones. Primero el texto atrapa al actor, luego al receptor. En ambos casos se contempla la obra como vehículo de conocimiento. Este concepto contiene dos elementos esenciales: la desautomatización de lo que la educación y el entorno ha dado hasta ahora como «bueno y seguro», así como el aspecto litúrgico o ceremonial que se remonta a los inicios del teatro-ópera de la antigüedad egipcia. Sobre este último aspecto puede consultarse la obra ensayística del compositor Josep Soler, en especial, su libro Poesía y teatro del antiguo Egipto –una selección– (Etnos, Barcelona, 1993).

He preferido realizar este recorrido en lugar de comentar los azares y acontecimientos de las obras dramáticas incluidas en este libro. Las piezas hablan por sí mismas, en cambio, sí resulta inexcusable su lectura bajo la luz precisa. Espero haber ayudado al lector a encontrarla.

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viernes, 25 de febrero de 2011

Máscara

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Máscara en latín es persona, ¿somos pues una máscara?
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Ciertamente eso parece si por persona entendemos sólo el componente psicofísico que nos circunscribe y con el que nos sentimos tan identificados. Aquel individuo en el que estamos cómodamente instalados, al que aplaudimos por su perfil único, pretendidamente forjado gracias a nuestros esfuerzos y particular genialidad, y al que paradójicamente a menudo compadecemos por no cumplir nuestras aspiraciones, nuestras justas reivindicaciones.

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Este personaje es entonces algo intercambiable, que muta según las circunstancias adaptándose a los distintos roles que en cada momento cabe desempeñar, un utensilio de quita y pon, una máscara para cada “yo”, para cada estado de ánimo, cada deseo, cada proyección.
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Pero, ¿hay algo detrás de la máscara? ¿Qué?
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La Tradición nos dice que precisamente en este interrogante reside nuestra verdadera identidad. Somos más el ámbito desconocido que subyace tras las apariencias, que no estas mismas apariencias percibidas directamente por los sentidos. Más el misterio que no aquello reflejado en la obviedad de nuestra psique. Más el vacío que la cáscara.
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El teatro tradicional, (y en especial el romano cuyas máscaras nos ilustran), transmisor de estas verdades, le ofrece al actor la oportunidad de advertir este vacío, este misterio, al mismo tiempo que experimenta cada una de las posibilidades: será el héroe y el traidor, el noble y el esbirro, incluso la hembra y el varón, y siendo cada máscara no será ninguna de ellas. Interpretando cualquier papel, es decir desde cualquier punto de la periferia de la obra, de sí mismo, contribuirá con su arrojo a la experiencia de aquel centro que prohíja todas las caracterizaciones, las que encarnadas con rigor y a través de las tensiones generadas nos devolverán reequilibrándose a su origen, a la conciencia de la unidad y de lo que está más allá de ella.
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miércoles, 29 de diciembre de 2010

El teatro dentro del teatro

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Unos personajes de los que se habla En el Tren “una familia cargada de maletas en un parque”, andan buscando el escenario verdadero, convencidos de que “la vida no puede ser esto”. Y es que la vida no es este ensayo insignificante, este rodar incesante de tedios, de melancolías y fervores que se consumen a sí mismos. Hasta que nos damos cuenta, casi sin saberlo, de que tras la apariencia de lo caótico y absurdo “tenemos como base el puro azar de la Inteligencia Universal”. De que participamos en un orden misterioso y estamos haciendo “una obra de teatro dentro del teatro, que en esto consiste la naturaleza del ser humano y el trabajo para lograr autogenerarse”.
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Entonces cualquier ámbito será el auténtico escenario, y nuestra actuación significante. Contemplación y acción unificadas desde el escenario del pensamiento.


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El Mercader de Venecia de W. Shakespeare
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Reproducimos unos "teatritos para niños", unos "entretenimientos" que llegaron a muchos hogares durante el siglo XIX y principios del XX en centroeuropa, y especialmente también en Cataluña gracias a editoriales como Paluzie y Seix Barral, pequeñas maravillas que hoy son piezas de coleccionista, de museo.
Tal vez muchos de nosotros tuvimos la ocasión de cultivar nuestra imaginación jugando con ellos. Situándonos fuera y dentro de sus proscenios, manipulando sus tramoyas plegables, recortando decorados y personajes, y simplemente observándolos. Viviendo el teatro dentro del teatro.
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La Fierecilla Domada de W. Shakespeare
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Lohengrin de R. Wagner

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¡Feliz Año 2011!




miércoles, 1 de diciembre de 2010

EN EL TREN

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Mientras en La Colegiata seguimos ensayando la última obra de Federico González "En el Tren" que estrenaremos la próxima primavera, les invitamos a leer esta espléndida reseña que nos ha hecho llegar Francisco Ariza:
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De la trilogía compuesta por Lunas Indefinidas, El Tesoro de Valls y En el Tren, quizás sea esta última obra la que tenga un mayor contenido doctrinal, o mejor, donde se hace más explícito ese contenido. Ya no se trata de candidatos que pretenden ingresar en una “Academia de Conocimiento” como en Lunas Indefinidas, o de quienes habiendo tomado contacto con la Ciencia Sagrada en un momento dado de sus vidas finalmente la han abandonado atraídos por las “riquezas” y “brillos” de este mundo, como es el caso del personaje principal de El Tesoro de Valls; en cambio, aquí estamos en presencia de hombres y mujeres que llevan tiempo comprometidos con la Enseñanza, y se han entregado a ella cada uno en la medida de sus posibilidades, teniendo como soporte el antiquísimo oficio del teatro:

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Minnie – Al subir, una señora me preguntó: ¿Quiénes son ustedes?
– Una tropa de actores, le respondí.
–¿De comedia?, inquirió.
– Sí, le dije, sí, lo entendemos como la divina comedia, pues somos estudiantes del arte de la memoria.
– No comprendo. ¿Y qué es lo que les une?, interrogó.
– Que el todo no es la suma de sus partes, contesté sin vacilar.
– Eso lo sabe cualquiera, contestó a su vez.
– Pero nosotros tenemos que estudiarlo pacientemente, le dije.

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En efecto, los protagonistas de En el Tren son actores que toman su oficio como vehículo de su realización metafísica, ejercitando para ello el arte de la memoria convencidos de que esa realización consiste esencialmente en ir rememorando, pacientemente, nuestro origen suprahumano. Ellos han sido invitados a pasar un fin de semana en una convención, para lo cual realizan su viaje en ese medio de transporte. Pero no se trata de un viaje cualquiera, sino de un “viaje de estudios”, y el tren se convierte entonces en el escenario[1] donde se efectúan esos estudios en forma de pláticas y comentarios entre todos ellos, llegando a representar así “una obra de teatro dentro del teatro”, como dice Max, uno de los actores, quien añade que:
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en eso consiste la naturaleza del ser humano y el trabajo para lograr autogenerarse, o sea, para hacerlo.

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Se hace manifiesta aquí de nuevo la idea de la representación teatral como una imagen de la vida humana, que se desarrolla dentro de un teatro mucho más grande que es el mundo, siendo dentro de ese “escenario”, de ese marco en que hemos sido paridos, donde debemos regresar, entrando por la “puerta de los hombres”, al útero materno, que en este caso es nuestra propia alma, y allí morir para renacer, o autogenerarse, es decir “salir” justamente de ese escenario de moviola recurrente y volver al origen “para desembarazarnos de la circunferencia”,[2] como se afirma en un momento determinado.
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De hecho, el tren donde viajan semeja un athanor,[3] pero en este caso un “athanor grupal”, si se nos permite la expresión, y en este sentido podríamos decir que toda la obra deviene una especie de “rito colectivo” en donde de algún modo cada cual va recapitulando sus años en el camino del Conocimiento, exponiendo sus logros en él, y sus esperanzas. Pero también van aflorando las limitaciones propias de lo humano, las preguntas incontestadas, las dudas que emergen, las vacilaciones y los fracasos,[4] que fortalecen y templan:
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Max – (Desde la segunda fila). Este es el quiebre de todos los paraísos infantiles que creíamos lo más cercano a la felicidad, a lo que imaginábamos como nuestra identidad.
Minnie – ¡Ay mundo!, cuánto nos has engañado. ¡Ay familia!, nos has enseñado todo mal. Andá a cantarle a Gardel…
Max – (De pie desde la fila de atrás). Nadie nos ha preparado.
Instructora – Es una cruda, comerse el steak tartar de los sueños de uno mismo, de todas sus proyecciones quebradas en mil pedazos, deshecho todo su juego de sombras… (silencio) y luces, falsas iluminaciones que proyectaban estos ideales muertos.
Max – (Desde la segunda fila). Imposible negar que nos lo creíamos, tristes despojos enterrados con lamentos porque hasta el fin pensamos que eso era nuestra identidad. Un vestido alquilado a la empresa de la vida.
Marta – (De pie desde la segunda fila). Al gran empresario, al estafador, al dios tramposo, al bandido que nos induce los sueños que nos procuran los sentidos, es decir, a aquel que también somos nosotros mismos.
(...)
Minnie – Y no hay nadie que conteste, que corrija mis aseveraciones. ¿Quién es el que pregunta y quién el que responde? ¿Qué es lo que se enuncia y qué debería ser lo enunciado?
Julia – Aquello desconocido. (Pausa).
Enrique – (Desde la primera fila). Se llama la frontera del silencio, del misterio, aquí nace la raíz del que revela lo oculto.
Minnie – Dicen los chinos que lo único permanente es el movimiento.
Max – Queremos tocar lo inasible. ¿Cómo podemos ser individuos tan descompuestos?
Pausanias – Es la ignorancia, amigo.
Minnie – Y el no poder aceptarla pues hay que seguir creyendo en el juego del tira y afloja, en el permanente ir y venir, entre el uno y el otro.

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La obra comienza con el juego de la “confusión de lenguas” y las “parajodas”, es decir por el caos de posibilidades, y poco a poco va emergiendo un orden en el discurso a lo largo del cual se van desplegando todo un rosario de expresiones relacionadas con el poder transformador del símbolo,
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Pausanias – No te preocupes, por algo será. Todas las cosas toman formas aparentes pero en ellas se ocultan significados auténticos.
Alberto – Sí, apoyo totalmente esto último que has dicho y esos significados son los que debemos leer. De hecho estamos siguiendo esta enseñanza precisamente para ello.
Josefina – Debemos practicar constantemente, permanentemente alertas para desentrañar el significado de los símbolos.

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Esto es, debemos vivir, experimentar, esos significados, desentrañarlos en nosotros mismos; ellos son los jalones que van indicando el camino hacia nuestra identidad.
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Instructora – Parecemos niños, lo único que falta es que abramos las canastas del picnic.
Enrique – No lo creo, todos estos son sabios en ciernes. ¡Que Zeus los libre de los males, y de todos ellos el peor, o sea de la tontera que siempre anda rondando y buscando sus víctimas.
Minnie – No seas tan pesimista.
Enrique – No se trata de ser pesimista u optimista, sino de atenerse a la realidad de lo que ven nuestros ojos. En definitiva, lo que termina diciendo la experiencia.
Instructora – No vamos a discutir lo que ha sido obvio para nosotros. No. Y aunque las cosas tomen permanentemente formas cambiantes, indican siempre la pertenencia a un mundo que les excede.
Enrique – Lamentablemente.
Minnie – ¿Lamentablemente? ¡Cómo uno se va a compadecer de los destinos de los otros, de los que no se sabe absolutamente nada! Qué sabemos de éste o aquel, perfectamente disfrazado para la ocasión. ¿Acaso conocemos si no estamos tratando con un sinvergüenza… aquél, aquél de más allá (gesticulando lejos con el brazo), que parece un probo padre de familia, no será finalmente un matón de barrio? ¿Y aquél que parece un intelectual, no será un truchimán cualquiera?
Instructora – Y eso pasa con nosotros mismos porque constantemente gira la rueda de la fortuna y no hay nadie que esté fuera de ella.
Minnie – Eso es verdad, pero también te recordaré que rectificando encontrarás la piedra.
[5] Enrique – ¿Quién puede con su destino, al fin y al cabo, con su suerte?
Julia
– ¿No será verdad que uno no escoge su futuro, sino que es él quien nos selecciona a todos? ¿No estaremos condicionados por el futuro?[6]
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Se habla, se invoca, el amor a la Sabiduría y de poner al símbolo en acción, sin demora y con el auxilio del Intermediario Celeste, pues el medio profano, con su tontera y estupidez, “siempre anda rondando y buscando sus víctimas”:[7]
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Minnie – Estamos todos metidos en el mismo barco, digo, en el mismo tren. Y no sabemos que hacemos, salvo que tenemos un proyecto en común.
Pausanias – Y eso ya nos parece mucho decir, imagínate poner el símbolo en acción, manejarse entre un bosque de símbolos vivos y actuantes. Hay que estar loco para eso, loco de amor y de un frío desapego.
Julia – Yo no sé si tengo eso. Pero estoy aquí, en la fila.
Jovita – El encuentro con algo bueno y verdadero se lo hemos de agradecer al dios Hermes.
Max – Ahora es el momento, siempre.

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En realidad estamos ante una de las claves de esta pieza teatral, a saber: la imperiosa necesidad de “redoblar esfuerzos” y hacer efectivo todo ese conocimiento teórico que se ha ido adquiriendo con el tiempo a base del rito del estudio y la meditación en la Vía Simbólica.
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Julia – ¡Cómo hemos trabajado!
Enrique – De nuevo es una manera de decir.
Marta – En realidad hemos escrito obras en lo invisible.
Alberto – (Regresa del baño e interviene desde el pasillo y se ubica en la segunda fila, junto a Jovita). Sí, efectuar los ritos, de eso se trata, pero su proyección es indefinida, inmensa y siempre, que necesariamente, como un boomerang, ha de retornar a uno mismo, al Uno Mismo.

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Hay que entregarse sin paliativo alguno a la diosa Sofía, de la que ya se han tenido “destellos” o “intuiciones” de su presencia en uno mismo a lo largo de los años; sin esa intuición –verdaderamente intelectual o espiritual- no hay realización que valga. Vale aquí recordar lo que nuestro autor ha dejado escrito en distintas ocasiones: es el Ser del hombre el que se revela a sí mismo, mediante la intermediación de la Inteligencia, que ilumina esa relación y la hace pasar de la potencia al acto.
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Pausanias – (Muy interesado). Muy interesante.
Minnie – Viste, pero no pude evitar hacer el comentario. Puesto que es lo mismo que decir que nuestro destino es nuestro origen.
Pausanias – (Entusiasmado). Vamos camino a la victoria. ¡Un brindis por el Subcomandante!
Enrique – (Eufórico). ¡Nos llama la Belleza! ¡Volvemos al Amor!
Max – No hay precio para la libertad.
Enrique – Apenas si conocemos nada, pero es lo suficiente.
Alberto – Un poco de atención señores o seremos…
Marta – (Interrumpiendo a Alberto). No, nada de advertencias. Así puros y sin contaminarse regresamos a nuestros verdaderos hogares. Una vara desmedida de esperanza es lo que somos. Un retorno al palacio de la sabiduría, aquello que es imposible de contar, de medir o de pesar.
Alberto – Dejadme subir a la barca de vuestro aliento, al infinito día que está más allá del tiempo.
(...)
Josefina – Estoy perdidamente enamorada de la nada.
Enrique – (A Josefina). Santa virtud, cómo has cambiado en este viaje.
Max – Yo he pasado 30 años a la sombra ¿No seremos el recuerdo de algún otro que nos imaginó o nos está concibiendo con su aliento?

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Como estamos viendo nos encontramos ante unos diálogos que sin lugar a dudas podemos calificar de platónicos. De hecho son varias las veces que se menciona a Platón de manera explícita (por ejemplo cuando se hace una cita del Banquete[8] y se habla del mito de la caverna[9]), y a su pensamiento muchas más, al igual que ocurre con Hermes, el emisario de los dioses, al que sólo se nombra en una ocasión y sin embargo su presencia es constante en las ideas que articulan el discurso de todos los personajes. Se testimonia así, nuevamente, el vínculo con la “cadena áurea”:
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Instructora – Sí, lo que uno aprende en esta enseñanza encantándose a sí mismo, como quería transmitir Platón, es que este es un mundo inacabado de gestos, de voces, de colores, de formas en permanente movimiento, que se fijan perennemente por su descripción, o sea, por las perpetuas evaluaciones que de ellas hacemos, como si fueran un bosque de sonidos que intentamos inventariar y detallar, en fin, una niebla de sueños que están en el tuétano de nuestras creencias, o sea, que conforman nuestra materia.
Max – Por eso es que digo, querida Instructora, que siendo todo autosugestión, ¿por qué es que no nos autosugestionamos bien, de una forma sabia, para salir de la autosugestión?

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Vemos cómo nuestro autor tiene esa cualidad que varias veces hemos señalado y que debemos recordar aquí nuevamente pues constituye un signo de identidad de su obra: mostrarnos de manera sencilla y sumamente sintética verdades muy profundas, a veces hasta de forma desenfadada:
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Minnie – “Somos una pompa de jabón, / que gira y gira, y rueda sin cesar, / teniendo como base el puro azar de la Inteligencia Universal.”
Pausanias – “Rueda, rueda que te rueda, rueda, / el mundo, rueda que te rueda, / aunque cada día es diferente, / pues todo es cambio y movilidad.”

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Si antes hablábamos de ese tren como una especie de athanor, también podemos considerarlo efectivamente como análogo a la caverna platónica. Max afirma que ha pasado 30 años a la sombra, o sea prisionero de su individualidad, separando lo espeso de lo sutil, coagulando y disolviendo infinidad de veces su “materia”, su alma, haciéndola cada vez más sutil y porosa a las influencias espirituales, o sea “sublimándola” hasta que todo límite desaparece “perdidamente enamorada de la nada”, retornando así a su verdadero hogar, “al palacio de la sabiduría”, a “aquello que es imposible de contar, de medir o de pesar”.
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NOTAS
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[1] Pensamos que nuestro autor no ha elegido el tren por casualidad, sino por sus propias connotaciones simbólicas, de una enorme fuerza evocativa y asociadas con la idea de viaje y, por ello, especialmente vinculado al transcurrir de la existencia humana, a sus etapas y estaciones.
[2] “Quienquiera salvar su alma la perderá”, dice el texto evangélico.
[3] La referencia al athanor alquímico aparece en la obra con el acróstico de Basilio Valentino: “Minnie – Les recuerdo lo que decíamos hace un rato. Me refiero al término de Basilio Valentino VITRIOLO que significa ‘desciende al interior de la tierra y rectificando encontrarás la piedra oculta’ ”. Hay en esta pieza muchas alusiones a los términos y a las operaciones alquímicas, como por ejemplo cuando se hace mención a las “heces”, símbolo de la “putrefacción”, estado necesario que precede a toda regeneración verdadera.
[4] También las “miserias”, como es el caso concreto de José María, quien no sólo siente un desprecio por sus compañeros, o por sus “condiscípulos” como él dice, sino también por quien le ha transmitido la Enseñanza, encarnado en la figura del Subcomandante. Se trata aquí de la personificación del “traidor” y del “intrigante” (en el fondo un pobre diablo que tan ni siquiera sabe porque decidió estar ahí), posibilidades inferiores del ser humano que niegan al ser, y que, como la cizaña, crecen junto al buen trigo, pero esa es la única manera de poder identificarlos y cortarlos de raíz. Hay un momento en que a ese tal José María (quien se autodenomina “Acto Fallido”) se le pone el bonete de burro y así permanece hasta el final de la obra.
[5] Está claro que se trata de la “piedra filosofal”, o “verdadera medicina”, que restituye lo que es inmortal en el ser humano, de aquello que no está sujeto a los movimiento giratorios de la rueda de la existencia. Por lo que esa rectificación es en realidad un “enderezamiento” relacionado con la idea de eje vertical, que, como dice Federico: “se traduce como un estado obtenido al llegar precisamente al centro: reintegración que determina que podamos ser los emperadores –ni autoritarios ni pretenciosos- de nosotros mismos, acaso reyes con corona de espinas, tal como la describe el Evangelio.” (El Simbolismo de la Rueda, cap. IX).
[6] El futuro, como el pasado, son los dos aspectos de la duración temporal, y por consiguiente podemos estar condicionados tanto por el uno como por el otro. Este es un tema interesantísimo que nuestro autor ha tratado en más de una ocasión, por ejemplo en ese mismo capítulo del Simbolismo de la Rueda, donde dice lo siguiente:
“Con respecto a nuestra individualidad o a la manifestación de la personalidad, podríamos hacer notar que no sólo estamos condicionados por nuestro pasado, madre o matriz, lo cual resulta casi obvio, sino igualmente por nuestro futuro –puesto que estos extremos se conjugan siempre en la actualidad del presente- que como otro polo nos atrae hacia sí. [en nota añade: ‘Es muy interesante pensar que estamos signados por nuestro futuro y adoptar frecuentemente ese punto de vista: reconocer que esa persona que hoy vemos por primera vez y que nos resulta tan familiar, ya la conocemos de nuestro futuro. Si nos fijamos bien, es probable que a casi toda la gente uno la haya conocido del futuro’.] Esta es la idea de destino -prosigue Federico-, en cuanto éste es la efectivización de nuestro ser. Pero ello únicamente es posible si se ha desencadenado la potencia dramática del sí mismo, actitud que revela la búsqueda del origen, o la memoria de un pasado arquetípico. Lo que es idéntico a viajar en el sentido –aparentemente inverso- del encuentro del destino, ya que este destino es el origen, y este origen el destino”.
Por esa “potencia dramática del sí mismo, actitud que revela la búsqueda del origen”, hemos de entender precisamente esa fuerza interna que nos impulsa hacia la Vía del Conocimiento.
[7] Es ese medio profano el que intenta “aislar” a los actores cuando el vagón en donde viajan es desenganchado del resto so pretexto de que están infectados, quedando abandonados y dejados a su suerte en el páramo.
[8] Instructora – (Jovial, leyendo un librito que trae en su mano). Y como dice Platón en El Banquete: “A continuación –siguió contándome Aristodemo–, después que Sócrates se hubo reclinado y comieron él y los demás, hicieron libaciones y, tras haber cantado a la divinidad y haber hecho las otras cosas de costumbre, se dedicaron a la bebida.” Que esa primera referencia a Platón sea precisamente en una cita del Banquete (también llamado Del Amor), nos indica que la obra trata de una celebración, de un simposio, donde todos están invitados a participar del festín de la Sabiduría.
[9] Marta – (Desde la segunda fila). (Poniéndose en pie). Y tengamos en cuenta el Mito de la Caverna de Platón donde nos proyectaban cómo debían ser las cosas por medio de un truco de sombras, del cinematógrafo mental, de la esperanza rota, de la ilusión que debemos dejar atrás.
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